
El 27 de mayo la educación en Asturias dijo basta, un basta rotundo y alto que hizo parar las aulas, que modificó el día a día de miles de docentes que cambiaron las aulas por las calles para enseñar una lección que, creo, aún hay personas que no han entendido.

Hay una serie de puntos que reivindican y, sí, entre ellos está la equiparación salarial con otras autonomías, pero no, no solo eso es lo que piden, lo que realmente piden es que se reconozca su trabajo, que desafortunadamente o afortunadamente (como quieras verlo) en esta vida la una única forma de que se reconozca lo que haces es que te den un salario acorde a lo que haces y, siento ser yo quien lo diga pero un docente trabaja dentro y fuera de la escuela y del colegio (sí, sea como sea hay días que no hay horas para acabar de hacer materiales, recursos, planear estrategias, rellenar documentación, hacer programaciones, actividades, evaluaciones... y además seguir formándote), con todo lo que conlleva.
Pero más allá de esto, lo que realmente están pidiendo es: dignidad, reconocimiento, poder educar con las condiciones que merecen las/os niñas/os.
Un maestro/a no termina su jornada al sonar la última campana.
Sigue después, cuando el aula queda vacía pero la cabeza llena de ideas, de estrategias, de pendientes...
Planifica, evalúa, corrige, documenta.
Se forma. Se entrega. Se desvive.
Y muchas veces, también paga con su tiempo, con su bolsillo, con su salud.
Pero incluso más allá de eso…
Lo que claman estas voces es algo mucho más profundo: educar en condiciones justas y humanas.
Reivindican ratios más bajas, más especialistas de Pedagogía Terapéutica y Audición y Lenguaje, cobertura real de bajas que no rompa los ritmos del grupo, menos burocracia absurda, más espacio para el vínculo, para el acompañamiento, para mirar a cada niño y niña como lo que es: único y valioso.
Podría explicarte todo detalladamente pero no lo haré, solo quiero plasmar aquí mi reflexión...
Hace muchos años que trabajo en escuelas infantiles, sí lo sé, poco tienen que ver con los colegios porque aquí en Asturias las escuelas del primer ciclo de educación por ahora somos municipales (aunque esto cambiará más pronto que tarde), pero no hace falta que funcionemos como un colegio para saber que, una vez que estás trabajando en educación, te des cuenta de que compartimos la misma raíz.
Quien ha pisado un aula sabe que el corazón de la educación late por sus maestras/os, por sus educadores/as, porque el trabajo en el aula sale siempre adelante pase lo que pase y surja lo que surja.
Que somos un todo en uno: psicólogas/os, enfermeros/as, animadoras/es, gestoras/es...
Que la inmensa mayoría de las aulas acaban repletas de recursos propios y materiales comprados como quien compra semillas para sembrar el alma del aula.
Que atendemos las historias distintas de cada alumno/a en un solo día, y aún encontramos un hueco para sonreír, para contener, para confiar (sabiendo que tienes 18 alumnos/as, 25 o la ratio que te corresponda según tu curso escolar y de esos/as niños/as acabas teniendo seis maravillosas personitas (o incluso alguna más) con necesidades de apoyo educativo (porque tu aula no ha podido desdoblarse y porque han sido evaluadas psicopedagógicamente a lo largo del curso).
Hay días en que pasamos más tiempo rellenando papeles que acariciando procesos.
Días que parecen una coreografía infinita de malabares y suspiros y aun así, seguimos.
Podría enumerar cientos de situaciones que vivimos en las aulas cada día porque como decía la canción de Nacho García Vega "cada día la locura vuelve a empezar", pero no, lo que quiero es hablarte de que necesitamos una educación que pongo su foco en el alumnado, que no sea un todo vale y a costa de todo.
Que se apueste de una vez por todas por una infancia cuidada, por un futuro con raíces fuertes, por una sociedad que entienda que en los primeros años se gesta lo esencial.
En las aulas no se enseña solo a leer y escribir, se acompaña el alma, se modela la mirada sobre el mundo, se siembran valores, se cultiva el amor propio. Y eso solo puede hacerse con tiempo, con herramientas, con recursos, con personal, con presencia, con humanidad.
La educación no es un lujo ni un servicio secundario, es la base, es el suelo fértil donde crecerá todo lo demás, y cuando quienes educan se ven forzados a salir a la calle, no es por comodidad ni por capricho: es porque quieren seguir sosteniendo la raíz con dignidad.
Recuerda que detrás de cada aula hay una historia de entrega, y detrás de cada niño/a, un mundo esperando ser acompañado.
Con amor y esencia,
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